DIOS, EL SEÑOR: REGENTE DEL MUNDO?




 

A lo largo del tiempo, el Hombre ha querido entender el mundo y su mundo tal que instancia definitiva y consistente, en la que la vida sobre la tierra tiene una lógica cósmica dependiente de la voluntad de lo Alto, que es directiva y única responsable del devenir tanto en el orden material como en el proceso histórico y social y sus resultados. Y para explicarse esto,  asignó a dioses el papel regente en cada aspecto de la existencia, de los cuales cada deidad era depositario. Las religiones se encargaron de definir cada ‘roll divino’ y su alcance, y así lo hizo Israel también con   Dios asignándolo para todos los casos. Y así funcionó semejante ideología para toda aquella edad: el mundo y el Hombre eran regidos por una superioridad ininteligible pero cierta, y la historia y el destino eran dispuestos por la divinidad.

Pero luego los filósofos, pensadores independientes, también se dieron a la tarea de entender el mundo y explicarlo de acuerdo a patrones científicos sin mística indemostrable pero con consistencia racional, matemática… Desde Sócrates y Platón hasta Hume y  Descartes, el pensador autónomo ha querido explicar el mundo y la vida al margen de la posibilidad de ningún creador al que, gracias a la dogmática religiosa, se considera ajeno, y por lo más, improbable… Porque la filosofía tampoco pudo colegir a ningún Ente creador, aunque reclama, eso sí, un principio existencial primigenio, tras Darwin, resueltamente inexistente… Sin embargo, persiste en evocar y reclamar a Dios por la maldad del mundo a partir de su sospecha de una “necesidad de origen”… El ejemplo más específico de este reclamo es el texto de Emil Cioran, que resume y testifica el desencanto por Dios gracias a los resultados injustos del mundo del Hombre:

“La injusticia gobierna al universo. Todo lo que se construye, todo lo que se deshace lleva la huella de la fragilidad… En este mundo nada está en su sitio empezando por el mundo mismo. No hay que asombrarse, entonces, del espectáculo de la injusticia humana. Es igualmente vano rechazar o aceptar el orden social: nos es forzoso sufrir sus cambios a mejor o a peor con conformismo desesperado, como sufrimos el nacimiento, el amor, el clima y la muerte. La descomposición preside las leyes de la vida… Nadie puede corregir la injusticia de Dios ni de los Hombres: todo acto no es más que un caso aparentemente organizado del Caos universal…”

 

Esto revela que la filosofía llegó al dintel de la Revelación, pero no dio el siguiente paso: Dios no gobierna al mundo! Dios no es el responsable de lo que pasa, de lo que hacemos en el mundo del Hombre! Dios preserva la naturaleza –contra la que el Hombre opera para la consecución de sus propósitos- pero no ha dispuesto “dirigir” el destino del Hombre: es el propio Hombre quien se ha constituido en su propio rector, responsable único de su mundo, construido por él como la torre de Babel: con su idea, con sus planes, con su capacidad ajena a la disposición de lo Alto…  Desde el propio origen del Hombre y su sociedad tras su desacierto ante el primer desafío, quedó claro, según la Escritura, que el Hombre se haría cargo de su devenir motu proprio… En La Verdad Negada se expone con claridad este punto: Dios deja al Hombre construir por su fuero el mundo como entidad discrecional, a su cargo, al margen de la necesidad universal, pero solo por tiempo acotado: la necesidad exige un corte en este proceso porque la disfuncionalidad no puede prevalecer… El propósito del mundo, pues,  era ese: extraer del género humano lo mejor de sí, y dejar en la memoria cósmica qué ocurre cuando los procesos de vida se retiran de las disposiciones del Altísimo… Para cualquier individuo que no comprenda esto,  debe quedar claro que la iniquidad humana es solo un sustrato elemental de supervivencia animal, no inteligente, en tanto que patenta la ferviente necesidad auténtica  de Dios, presente siempre en la realidad del universal aunque al hombre actual no le resulte obvio…

 

Así que los procesos de injusticia y crueldad humana, por más que a Bertrand Russell le parezcan viables de reclamar también sobre la “disparidad del mundo de Dios”, resultan inconsistentes: no llegan al nivel de Cioran, siquiera. Se quedan en la percepción quasi-religiosa, “demiúrgica” de un mundo victimizado por “las fuerzas del mal”, cerca del gnosticismo o del agnosticismo; el mundo ordinario que se inconforma pero no entiende y recompone su percepción del propio universo con la negación de Dios y la superposición de un demonio constructor, un dualismo implícito absurdo que no solo no explica, sino que tremendiza la condición del Hombre y denigra al Altísimo en afán de re-componer la historia… Todo por no acceder a la noción de temporalidad y excepción del presente orden de cosas humano, acotado ex-ante !

 

En este ítem, religión y filosofía han coincidido: no tienen un señalamiento preciso, por más que se ufanen en nombrar un dios o una entidad primigenia y causal que justiprecie al propio mundo. Les queda lejos el asunto de entender que Dios, precisamente el Altísimo, es dueño y director del mundo pero no dirige la orientación y destino del presente orden de cosas en tanto lo ha constituido en un momentum atemporal en la escala del acontecer sideral, lo que lo coloca exactamente en el plano  de terminal, cuestión que toca al tiempo actual…

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