APEGO Y CONVICCIONES

En todos los espacios de las modernas comunidades se puede apreciar con toda profusión la intensa promocionalidad que el sistema hace de “sus valores” tal que datos de identidad para sus ciudadanos. Los medios de comunicación, parte connotada del hábitat ciudadano, permanecen saturados de publicidad que, a más de promover el consumismo, estatuyen maneras de cómo los miembros del conglomerado social pueden y deben sentirse integrados a su mundo, pertenecientes a él: indumentaria, expectativas laborales y existenciales, preferencias materiales, hábitos personales… La sensación de bienestar de la población, aparte del acceso a los satisfactores promocionados, radica en ese espíritu de ‘coincidencia’ con el genérico “deber ser” asumido según se cree con libertad, y que se constituye en condición irrecusable de pertenencia: el apego, la identificación.

                                                           

Toda forma de organización social tiene sus patrones mínimos de 'pensamiento aceptable’ que no coincide necesariamente con otras formaciones, desde donde se rechaza toda forma de valoración ajena a sus intereses. ¿Por qué toda forma de pensamiento no crítico resulta falaz? Porque aparte de acotar la realidad a presupuestos falsos aunque convenientes para el status, tiene la función de crear identidad en los miembros del conglomerado social. E identidad convencional es fantasía, irrealidad: esquema postizo creado exprofeso; el apego es la primera condición de factibilidad. Y apego es inclinación afectiva con función sicológica  desde donde un individuo construye su apariencia y ejerce su proceso de valoración y su sistema de vida. O sea: el apego genera ‘convicciones’…

 

Los individuos así "domesticados" viven sus vidas en y alrededor de las conceptualizaciones que el sistema prohíja. Eso es el apego.  Hacia el fin de la Edad Antigua (el siglo I de nuestro tiempo) se presentó Jesús de Nazaret. Él tenía un llamado distinto al habitual entonces, a pesar de exponer una doctrina prendida de la Revelación judaica tradicional: el mundo es providencial, y la trascendencia y la Verdad no radican en el mundo habitual, físico y material que conocemos, sino en el Conocimiento. Y conocimiento de Dios: los ‘haberes’ que da la civilización obnubilan la comprensión y estorban el acceso al Mundo superior. La solución de Jesús, como lo propuso Zoroastro, como lo explicó  Buda, es: Retiro y Renuncia. La ciudadanía del Mundo superior, futuro,  pasa por la ajenidad del presente. Jesús no predicó ‘premio o castigo’ post-mortem como conclusión del comportamiento en el mundo, durante la vida. Y su propuesta de la intervención de Dios no involucraba la necesaria identificación del Hombre con "su" status mundano, sino que era una explicación similar a la de los filósofos, que llegaban a la necesidad como directriz universal de existencia y consistencia eje de la cual era “el Ser” (“Ontos” le llamaron los griegos) y que Jesús identificó con el Dios revelado a Moisés. Exactamente esto es lo que La Verdad Negada explica.

 

La transmisión de valores del mundo antiguo al capitalismo de hoy día se dio, centralmente, a través de Pablo y su doctrina del “mundo en prueba”, y quedaron inscritos en los pensadores que desde el siglo XVI tomaron por cuenta propia la explicación del mundo desdeñando, solo en la forma, la doctrina clerical. De hecho, y aparte de retirar a Dios de los procesos de creación y sostenimiento del mundo vía la autonomía evolucionista, se inventó toda una teoría paralela acerca del sostenimiento del mundo vía la autonomía evolucionista, de los procesos de la vida y de la realidad, de modo que se parcializó también el acceso al conocimiento, pero que de fondo común, le decía al propio Hombre, como comunidad, que era independiente, libre, casual, y sujeto a la ley del más fuerte, el principio de sobrevivencia animal. Esto se volvió la Gran Solución y el predicado de la cultura universal hasta hoy día: el Mundo se salvó a sí mismo. Retomó los valores concretos de la realidad material única haciendo caso omiso del subterfugio paulista de ‘la prueba’, pero aceptando la evidencia ancestral de la consistencia inexpugnable del mundo para erigirlo en “el Valor” por excelencia. Accedemos hoy día, no solo gracias a eso, sino también a la irreductible elementalidad del pragmatismo, al pensamiento plano que define a nuestro universo como autónomo, resultado de un proceso único y aleatorio validado por sí mismo como única y última instancia: los valores materiales de aquí y ahora son los que cuentan. La religión, la ética, la estética resultan ser solo ‘valores relativos’ de una instancia pragmática muy reducida, y por lo tanto, confinados al ámbito personal, íntimo, individual de cada sujeto. No se les niega tajantemente: pero no empatan con la “verdad de la ciencia”, y por lo tanto, no son temas de validación científica. El mundo laico  parece no haber tenido otra opción de conocimiento: quizá difícilmente la haya…

 

Como seres racionales, nos sabemos finitos, limitados, y cabalmente materiales. Pero, además,  el Ser humano social promedio, dista mucho de ser plenamente racional: es un individuo formado a partir de mutilaciones mentales, condicionado, dirigido. Enajenado. Ni siquiera –puede decirse con certeza- se debe a sí mismo sino al cuerpo social que lo formó, en el cual vive, y el que a su vez lo justifica y explica. Un retorno al primitivo entorno social de la infancia humana, con el agravante de una conciencia personal rendida al alma colectiva por adopción. Una regresión, pues.

En el decurso de las civilizaciones, ¿en qué época fue el Hombre más racional, más íntegramente perteneciente a sí mismo? En ninguna. Nunca. Todas las edificaciones humanas han adolecido de irracionalidad respecto de su medio ambiente por su utilización indiscriminada como ‘recurso’ gratuito a su disposición; de injusticia y desigualdad respecto de sus semejantes, enfatizando siempre diferencias estúpidas de carácter social y hasta racial; de brutalidad en relación a sus conveniencias políticas tenidas como el súmmum de sus aspiraciones; de ventajas y abusos en el entorno económico, erigido en el sancta-sanctorum de su desempeño; y de venalidad y autocomplacencia para sus propias pasiones exactamente en proporción opuesta a los más altos rangos de su exigencia ético-moral, que solo le ha servido para adornarse pomposamente pero con ninguna clase de compromiso cierto, lo que hace parecer, seriamente considerado, que el Ser humano prescinde de su inteligencia cuando se trata de abordar su propia actividad y su mundo, resultado de aquella.

Y el ser humano, con estas limitantes, deja de ser 'humano' para convertirse en otro animal más... El más peligroso, agresivo y desconsiderado ser que pulula sobre la tierra! 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

“ULYSSES”, DE JOYCE, Y LA PERSPECTIVA DE LA “VIDA INÚTIL”:

DIOS, EL SEÑOR: REGENTE DEL MUNDO?

Moral y erotismo: una conjunción disfuncional