Jesús y la natividad: una historia espuria
A propósito de Jesús de Nazaret, se ha dicho
casi todo en todos los tonos, para todas las explicaciones e interpretaciones
posibles, de modo que parece hasta ocioso abundar en el tema. Jesús,
Cristo, ha sido constituido en punto
nodal de la historia a lo largo de los
siglos que siguieron a partir de él, y se cuentan por millones las páginas
alusivas a Jesús en todos los tonos a pesar de que sus datos
histórico-biográficos son del todo imprecisos. De hecho, inexistentes.
El eje del mundo, en aquel momento histórico,
enfrentaba con desasosiego el fracaso de sus propuestas explicativas. Mientras
los dioses clásicos tradicionales habían caído en el descrédito, la filosofía
no había podido remontar sus propias limitantes. Al pensamiento pragmático de
deducciones empíricas lo había arrollado el idealismo metafísico, recomponiendo
postulados y accediendo al ecumenismo con los principios de las teorizaciones
místicas para hacer con ello una entidad cuasi-mágica que explicara las cosas…
Se encuentra, consecuentemente, una sospechosa diversidad de credos similar a
hoy , y que concluía en un principio general común: el iniciatismo. Y éste daba
por bueno la posible presencia de las divinidades en el entorno cultural humano
al grado de "manifestarse" sobre algunos 'elegidos'... Y Jesús resultó
ser uno de ellos, "El elegido", de hecho y por cierto, desde su
nacimiento y aún desde antes. Y Jesús se manifestó: enseñó, predicó, puso
ejemplo...
Los depositarios y testigos directos de su
prédica procedieron a agruparse, a la desaparición del Maestro, en asambleas.
Con el correr del tiempo y la expansión de la enseñanza a individuos de
raigambre no israelita, se fue haciendo presente la necesidad de contar con una
exposición cierta, precisa, que contextualizara las palabras del Maestro. Empezaron por tanto a aparecer relatos que
daban cuenta de lo sucedido, por lo común asentando su autoridad bajo el nombre
de un testigo de los sucesos, un Apóstol. Y en primerísimo lugar, había que
narrar, que certificar la aparición milagrosa, extraterrena, del nuevo dios, si
quería dársele todo el crédito necesario para montarlo en la escena de los
inmortales.
La narración del nacimiento de Jesús se
encuentra en dos de los tres evangelios sinópticos: en Mateo capítulos I y
II, y en Lucas capítulos I, II y III hasta
el versículo 38. No se necesita ser malintencionado para percatarse de las
disparidades irreconciliables de ambas versiones. Y comparando ambos relatos,
puede plantearse la pregunta obvia de, si hay que creerle a alguien, a quién:
en ambos casos, sus historias difieren entre sí como para parecer que relatasen
historias diferentes. Resulta que los dos episodios son ajenos uno del
otro... En los Evangelios expurgados, en
cambio, la imaginación voló sin freno hasta fundir, con la historia
convencionalmente aceptada del compendio Mateo-Lucas, una sucesión de
historietas y detalles que presentaban un Jesús centro de un drama sacro "recién-nacido/niño-milagro"
inmerso en la candidez de lo maravilloso, de lo inasible, a despecho del juicio
especulativo ya más o menos presente en la normalidad humana.
Qué conocimiento más o
menos relevante puede obtenerse de Jesús a partir de dos relatos excluyentes es
cosa de resolver con criterio objetivo, y esta opción lleva a que no hay
conocimiento indudable sobre el caso relatado, pues en términos de historicidad
la secuencia de acontecimientos presentados es divergente, inasible. No
material.
Respecto de la fecha de ese natalicio,
probable o exacta, no se tiene la más mínima referencia en ningún texto, salvo
–de nuevo- los textos espurios de la tradición tardía, lo que no puede
validarse como real por razones obvias. De ese modo, da lo mismo reconocer el
nacimiento de Jesús en el entorno temporario del resto de los númenes que la
humanidad había venido dándose (a finales de nuestro año convencional, que
significa en realidad un empate entre “el inicio” del año y el arranque del
mundo creado, una identificación mistérica dios-creación), o también hacia el
inicio de la primavera, como el antiguo calendario hebreo y mesopotámico lo
establecía (con idéntica significación) y como lo enmarcan algunos credos
cristianos disidentes con tal de renegar de la tradición de Roma.
Por lo tanto puede colegirse como hecho cierto
que José era, fue el padre auténtico, real, de Jesús, asentado en Galilea, su residencia, con María su esposa,
matrimonio del que advinieron luego varios hermanos de Jesús según se cita por
los evangelistas posteriormente con toda naturalidad. El Jesús al que se llega
así es un hombre movido por los ímpetus éticos de su ideario que se avoca a la
certificación bien entendida del concepto de Dios y de su mensaje según se
desprende del canon deuteronómico; un hombre austero y firme sin ningún relumbrón, como los que Dios habitualmente ha convocado.
O sea pues: la Navidad como tal, en plan de
reconocimiento y celebración del
‘Natalicio del Redentor’ carece de toda opción histórica real y de todo elemento sustantivo como para ser
tomada en serio –del mismo modo que cualquier otra fecha propuesta, desde que
los primeros textos no reconocen una “fecha” memorable para considerar.

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